Cuando el perdón no aplica

Cuando el perdón no aplica

“No todo lo que se comprende debe ser perdonado.”

— Hannah Arendt

Durante mucho tiempo nos enseñaron que perdonar es una señal de evolución personal. Que el perdón libera, que sana, que permite cerrar ciclos. Pero esa idea, repetida sin matices, puede convertirse en una carga injusta para quienes han vivido ciertas formas de violencia.

Hay heridas que no se produjeron entre iguales.

Son heridas que nacieron en la infancia, cuando no existían ni el lenguaje, ni la fuerza, ni la posibilidad de elegir. Experiencias en las que una persona menor, indefensa o sin herramientas fue expuesta a situaciones que jamás debió vivir.

A muchas personas se les enseñó a callar esas historias. A olvidar, a seguir adelante, a comportarse como si nada hubiera ocurrido. El silencio se convirtió en una especie de herencia emocional, transmitida muchas veces con la intención de proteger: no hables, no llores, no remuevas lo que duele.

Pero el cuerpo no olvida.

Con el tiempo, la memoria encuentra formas de abrirse paso. Llega un momento en que ya no es posible disfrazar de paz lo que todavía arde en lo profundo. Y es entonces cuando aparece una presión social que puede resultar profundamente injusta: la expectativa de perdonar.

En estos casos, el perdón no necesariamente es la respuesta.

Porque cuando lo que ocurrió fue abuso, cuando una persona era menor o no tenía posibilidad real de defenderse, la pregunta no debería centrarse en perdonar o no perdonar. La pregunta más importante es reconocer lo que pasó y devolver dignidad a quien lo sobrevivió.

Esto no significa negar la complejidad de las historias familiares. Muchas veces quienes estuvieron alrededor —una madre, una abuela, una tía o cualquier otra figura cercana— actuaron desde sus propios miedos, desde sus propias heridas o desde las limitaciones que tenían para comprender lo que ocurría. El silencio, en muchos casos, fue también una forma imperfecta de intentar proteger.

No fue justo. Pero fue humano.

La sanación no puede imponerse como un mandato moral. No puede acelerarse ni convertirse en una obligación espiritual. Cada persona tiene derecho a recorrer su propio proceso sin la exigencia de reconciliarse con lo que le arrebató algo tan esencial como la inocencia.

A veces el verdadero acto de amor no es perdonar, sino permitirse decir con claridad: esto ocurrió, no lo elegí, y no tengo la obligación de absolverlo para poder seguir viviendo.

Sanar no siempre implica borrar la historia. Muchas veces implica mirarla con conciencia, reconocer el daño y prometerse algo fundamental: que nunca más el silencio volverá a imponerse por miedo, por costumbre o por la idea equivocada de que callar es una forma de amor.

Porque, al final, el proceso no gira alrededor de quien hizo daño. Gira alrededor de quien sobrevivió.

Y reconocer esa supervivencia ya es, en sí mismo, un acto profundo de dignidad.

15- Oct - 2025

— Brenda MP Torres

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