El mito del perdón
Durante mucho tiempo se nos enseñó que perdonar es una señal de evolución personal. Que decir “ya lo perdoné” te convierte automáticamente en alguien sabio, equilibrado y en paz. Como si el perdón fuera la prueba definitiva de que has superado el dolor.
Pero la realidad es más compleja.
No todo perdón sana. Algunos solo te vuelven dócil.
Existe una presión social —y muchas veces espiritual— que empuja a las personas a perdonar rápidamente, como si hacerlo fuera la única forma legítima de avanzar. Nos repiten que el perdón libera, que es necesario para cerrar ciclos y que, de lo contrario, quedamos atrapados en el resentimiento.
Sin embargo, el perdón no siempre libera. A veces también encadena.
Porque puede empujarte a justificar lo que te dolió, solo para no parecer rencoroso. Puede llevarte a minimizar una herida, a acomodar la memoria para que el relato sea más aceptable, más “evolucionado”, más digno de aprobación social.
Se nos dice: “Perdona, así te liberas”.
Pero nadie está obligado a liberar a quien lo hirió. Lo único que realmente necesitamos liberar, muchas veces, es la culpa de no habernos defendido cuando debíamos hacerlo.
El problema es que el perdón, en ciertos discursos contemporáneos, se ha convertido en una palabra hermosa utilizada para evitar algo mucho más incómodo: poner límites.
Se usa para silenciar la rabia, para evitar la confrontación con lo que dolió, para mantener una apariencia de armonía que muchas veces es solo una forma de seguir quedando bien.
Pero no todo lo que se rompe necesita reconciliarse.
Algunas cosas deben permanecer rotas. No como un acto de venganza, sino como un recordatorio claro de lo que ya no estamos dispuestos a permitir.
Perdonar no es besar la mano que te lastimó. Tampoco es borrar lo ocurrido para mantener una narrativa de paz artificial. A veces es simplemente mirar la cicatriz con honestidad y reconocer que ya no debemos nada a quien nos rompió.
Y si esa postura no suena espiritual, quizá sea porque durante demasiado tiempo hemos confundido la espiritualidad con la tolerancia hacia lo intolerable.
La verdadera sanación no siempre se parece al perdón. A veces se parece más a la claridad.
A la capacidad de decir: esto ocurrió, me marcó, aprendí de ello… y aun así no necesito reconciliarme con quien me dañó para seguir adelante.
Porque reconocerte complet@ también implica aceptar que hay heridas que no buscan reconciliación, sino conciencia.
15-Oct-2025
— Brenda MP Torres