No es un departamento. Es un monumento histórico… y lo están rematando.

No es un departamento. Es un monumento histórico… y lo están rematando.

Hoy regresé del Centro Histórico con una mezcla de enojo, tristeza y lucidez. No fue el ruido, ni el caos, ni la saturación de calles. Eso ya lo conocemos quienes caminamos la ciudad con frecuencia.

Lo que realmente me dolió fue algo más profundo: estamos vendiendo patrimonio histórico como si fuera mercancía común del mercado inmobiliario. Y eso es una tragedia silenciosa.

No hablo de metros cuadrados ni de amenidades. Hablo de piezas arquitectónicas antiguas, restauradas y protegidas por ley. Espacios que forman parte de la memoria construida de México.

Sin embargo, hoy estos inmuebles aparecen en lugares donde claramente no pertenecen: grupos de Facebook, portales inmobiliarios genéricos o vitrinas digitales donde la historia se presenta como simple inventario.

Pero no es una propiedad más.

No es un inmueble viejo.

No es solo un espacio bonito que necesita pintura.

Es arquitectura viva.

Es memoria material.

Es un capítulo del país.

Por eso duele ver cómo se anuncian sin contexto ni comprensión de lo que representan. Duele observar cómo quien los vende muchas veces no sabe realmente lo que está entregando, y cómo quien los compra a veces solo ve una oportunidad de mercado.

Lo más difícil es que, cuando intentas explicarlo, algunos se ofenden. Señalar que un inmueble histórico está mal valuado o que se está ofreciendo en el lugar equivocado suele interpretarse como una crítica personal, cuando en realidad es una alerta.

La verdad incómoda es que México está perdiendo patrimonio por desconocimiento. No siempre por mala intención, sino por subvaluación cultural y falta de conciencia.

Y aquí vale aclararlo: el problema no es quién compra, sino desde qué conciencia compra. No importa si el comprador es mexicano o extranjero; lo importante es que entienda que adquirir un inmueble histórico implica custodiar una parte de la historia.

Cuando esa conciencia no existe, el patrimonio se vende como cualquier otra cosa y, poco a poco, el país pierde fragmentos de su memoria.

Las instituciones no hacen lo suficiente para proteger el valor económico del patrimonio. El sector inmobiliario, en muchos casos, no está formado para comprenderlo. Y quienes sí lo entienden no siempre son quienes terminan custodiándolo.

Este no es un mensaje contra alguien en particular. Es un mensaje para todos.

Porque cada vez que un inmueble histórico se vende sin conciencia, no se pierde solo una propiedad. Se pierde un capítulo del país.

Y eso debería indignarnos mucho más de lo que hoy nos indigna.

12-Nov-2025

— Brenda MP Torres

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