La vida me ha dado tanto…

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La vida me ha dado tanto…

Hace poco más de dos meses, el 14 de marzo de 2026, asesinaron a mi hijo.

Ha sido un proceso doloroso, agotador, insoportable por momentos. Hay días donde respirar pesa, donde el cuerpo se siente roto y la mente cansada de intentar entender lo que quizá nunca tendrá explicación.

Entre tantas lecturas encontré una frase que se me quedó clavada:
“Que alguien aprenda a cargar lo que le pesa, no significa que haya dejado de pesarle.”

Y es verdad.

He aprendido que vivir no significa dejar de sentir. Significa aprender a existir aun cuando algo duele profundamente.

Creo en los opuestos. En la luz y la oscuridad. En la felicidad y la tristeza. En la fe y la desesperanza. Creo que la vida no se sostiene desde un solo extremo, sino desde la capacidad de habitar ambos sin destruirse en el intento.

Hoy me siento más humana que en muchos otros momentos de mi vida. Lloro, sonrío, me enojo, encuentro paz y después vuelvo a quebrarme un poco. De eso ha estado hecha mi vida últimamente.

No todos me ven en mis momentos más vulnerables, pero tampoco en los más serenos.

No es fácil aprender a caminar de nuevo cuando sientes que perdiste la ruta, las ganas o incluso una parte de ti. Pero también entendí que yo y quienes siguen aquí conmigo merecemos una de mis mejores versiones… aun cuando siga reconstruyéndome todos los días.

Así he aprendido a vivir los últimos años: reconstruyéndome.

Y hoy, a pesar de todo, me siento ligera. No porque no exista dolor, frustración o cansancio, sino porque he dejado de pelearme con ellos.

Mi hijo probablemente me diría:
“No te lo tomes tan personal. La vida es corta y solo tienes una… vívela.”

Y aquí sigo.

Observando. Analizando. Buscando paz, felicidad y sentido incluso en medio del caos.

La vida me ha dado lecciones inmensas. Algunas hermosas. Otras devastadoras. Y aun con los ojos nublados y la falta de aire, he decidido avanzar. Por mí. Por mi hijo. Y por quienes siguen aquí, incluso a la distancia física, sosteniéndome de maneras que quizá ni imaginan.

Hoy puedo decir algo que hace tiempo habría sonado imposible:
la vida ha sido maravillosa conmigo, incluso con sus lecciones más trágicas.

Gracias a quienes siguen aquí.

Gracias, GO, por seguir siendo motor, ahora de otra manera.
Gracias, Val, por enseñarme a sonreír incluso cuando me siento contra la lona.
Gracias a mi madre, por seguir escuchando mis locuras aun en los días más difíciles.

Los amo profundamente.

Y a la vida, al universo y a Dios… gracias también.
Aunque a veces duela un chingo.

Brenda MP Torres
Texto protegido ©

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