Amor propio

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Amor propio

Durante mucho tiempo pensé que el amor propio consistía en aceptarse. Mirarse al espejo sin crueldad, dejar de compararse con los demás, hablarse con respeto y aprender a reconocer que nadie es perfecto. Creía que el verdadero reto era dejar de pelearme con quien era y empezar a reconciliarme conmigo misma. Y sigo pensando que esa parte es importante. Nadie debería vivir sintiendo vergüenza de existir o creyendo que vale menos por no parecerse a alguien más. Sin embargo, con el tiempo he descubierto que esa definición, aunque necesaria, se queda incompleta.

Vivimos en una época donde hablar de aceptación era urgente. Durante años nos enseñaron a perseguir cuerpos perfectos, vidas perfectas y versiones idealizadas de nosotros mismos. Era necesario detener esa violencia y aprender a tratarnos con un poco más de compasión. Pero creo que, en ese intento por corregir un extremo, comenzamos a acercarnos peligrosamente al otro. Empezamos a confundir aceptación con resignación, como si bastara con repetir "así soy" para dejar de hacernos responsables de aquello que todavía depende de nosotros.

Y no son lo mismo.

Hay cosas que jamás podremos cambiar. No elegimos nuestra estatura, nuestra genética, muchas enfermedades ni las circunstancias en las que nacemos. Aprender a vivir en paz con eso también es amor propio. Pero hay muchas otras cosas que sí dependen, al menos en parte, de nuestras decisiones cotidianas. Dormir lo suficiente, mover el cuerpo, alimentarnos razonablemente bien, cuidar nuestra salud mental, atender nuestras emociones, permitirnos descansar o aprender a poner límites son pequeñas formas de decirnos, todos los días, que nuestra vida también merece cuidado.

Porque aceptarme no significa dejar de cuidarme.

Y creo que ahí está la diferencia que durante mucho tiempo no vi.

Hace algunos años, en medio de una conversación cualquiera, mi hijo dijo una frase que en ese momento me pareció interesante y nada más: "La gente cree que amor propio es aceptarse, y no. Amor propio es cuidarte para verte al espejo y sentirte orgulloso de la persona que eres. No solo aceptarte; reconocer que has hecho un buen trabajo cuidándote a ti mismo." La conversación siguió su curso y yo no le di mayor importancia. Curiosamente, con los años, esa idea volvió una y otra vez hasta cambiar por completo mi manera de entender el amor propio.

Porque creo que tiene razón.

Existe una enorme diferencia entre aceptar aquello que no podemos cambiar y descuidar aquello que sí está en nuestras manos. Si durante años dejo de escuchar a mi cuerpo, normalizo el agotamiento, me alimento de cualquier manera, nunca me muevo, vivo permanentemente estresado o ignoro las señales que mi propia salud intenta darme, no estoy ejerciendo amor propio. Tampoco estoy obligado a vivir obsesionado con la perfección. Ninguno de esos extremos me parece sano. Lo que me pregunto es por qué llamar amor propio a un estilo de vida que constantemente nos abandona.

No creo que cuidarse tenga que ver con perseguir un cuerpo perfecto. Eso también puede convertirse en otra forma de violencia. Tampoco creo que la vida deba vivirse contando calorías, sintiendo culpa por un postre o renunciando a todo aquello que produce placer. La vida necesita equilibrio. Necesita disfrutar una comida con amigos, desvelarse alguna vez, celebrar, descansar y también darse pequeños gustos. El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre disfrutar la vida y dejar de cuidarla.

Porque cuidar no es prohibirse vivir.

Es hacer lo posible por llegar bien a la siguiente etapa.

Hace tiempo escuché una idea que me gustó mucho: la prevención es una forma de amor. No esperamos a perder todos los dientes para empezar a cepillarlos. No esperamos a que caminar sea imposible para preguntarnos si debimos mover más el cuerpo. No esperamos a que una enfermedad aparezca para descubrir que quizá habría valido la pena atender ciertas señales antes. Cuidarse cuando algo ya falló sigue siendo importante, pero cuidarse antes es un acto de responsabilidad con la persona que seremos dentro de diez, veinte o treinta años.

Y, aun así, quiero hacer una aclaración importante.

Nada de esto garantiza una vida larga.

Nada de esto garantiza que nunca enfermaremos.

Nada de esto garantiza que estaremos exentos del dolor.

La vida no funciona así.

Hay personas que se cuidan durante décadas y aun así desarrollan enfermedades graves. Hay accidentes, hay genética, hay azar y hay una enorme cantidad de cosas que jamás podremos controlar. Cuidarnos no es un seguro contra el sufrimiento. Es, simplemente, la manera más honesta de agradecer el cuerpo que hoy nos permite existir.

Tal vez por eso hoy entiendo el amor propio de otra manera. Ya no creo que empiece únicamente cuando aprendemos a aceptarnos. Creo que comienza cuando decidimos tratarnos con la misma dedicación con la que cuidaríamos a alguien que amamos profundamente. Porque cuando queremos a una persona procuramos que descanse, que coma bien, que vaya al médico si lo necesita, que no se destruya poco a poco y que tenga una vida digna. La pregunta es por qué nos cuesta tanto ofrecernos ese mismo cuidado a nosotros.

Quizá el amor propio nunca fue solo sentirse suficiente.

Quizá también consiste en convertirse, todos los días, en alguien digno de su propio cuidado.

Y entonces, cuando un día vuelvas a mirarte al espejo, no solo podrás decir: "me acepto".

También podrás decir algo mucho más profundo:

Hice lo mejor que pude por cuidar de mí.

Brenda MP Torres
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