La intención antes que el color

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La intención antes que el color

Durante mucho tiempo diseñamos espacios comenzando por preguntas que parecen completamente lógicas: ¿qué color vamos a usar?, ¿qué estilo queremos?, ¿qué muebles combinan?, ¿qué materiales están de moda? Y no es que esas preguntas estén mal. El problema es que quizá llegan demasiado pronto.

Antes de decidir cómo queremos que se vea un espacio, tendríamos que preguntarnos algo mucho más importante: ¿qué queremos que suceda ahí?

Parece una diferencia pequeña, pero cambia por completo la manera de diseñar.

No necesita lo mismo una habitación pensada para descansar que un espacio donde queremos mantenernos concentrados durante varias horas. Tampoco debería diseñarse igual un restaurante donde esperamos que las personas permanezcan, conversen y pidan otra copa, que uno pensado para una experiencia rápida y dinámica. Una escuela, una oficina, una casa, un consultorio o un hotel pueden ser perfectamente funcionales y visualmente atractivos, pero eso no significa necesariamente que estén respondiendo a la experiencia que queremos provocar.

Hace algunos años estudié Interiorismo Estratégico y después Neuroarquitectura, y ambas disciplinas modificaron profundamente mi manera de entender el diseño. Dejé de pensar únicamente en lo bonito para comenzar a preguntarme por la intención. No porque la estética haya dejado de importarme —me importa muchísimo—, sino porque entendí que la belleza también puede tener un propósito.

Entonces el proceso cambia. Antes de elegir una paleta de colores necesitamos conocer al usuario, entender qué actividades realizará, cuánto tiempo permanecerá ahí, qué necesita facilitar el espacio y, cuando podemos conocerlo de manera más personal, qué experiencias, recuerdos y asociaciones trae consigo.

Porque el color no significa lo mismo para todos.

Podemos encontrar estudios sobre cómo determinados colores se relacionan con la atención, el descanso, la percepción de temperatura o los niveles de activación. Esa información es valiosa y puede ayudarnos a tomar mejores decisiones, pero no debería convertirse en una receta automática. Las personas no entramos a los espacios dejando nuestra historia en la puerta.

A mí, por ejemplo, me encanta el rojo. Desde una lectura general podría considerarse un color intenso, estimulante y poco recomendable para ciertos espacios destinados al descanso. Pero ¿qué pasa si para alguien el rojo está relacionado con su infancia, con la casa de su abuela, con una celebración familiar o simplemente con algo que le produce alegría?

¿De verdad deberíamos eliminarlo porque una tabla dice que no corresponde?

Creo que no.

Lo que necesitamos es entender cómo utilizarlo.

Y aquí aparece otra idea que solemos olvidar cuando hablamos de color: el color no vive solamente en las paredes. Puede aparecer en una cortina, un sillón, una alfombra, una obra de arte, un cojín, una planta, un jarrón, la veta de un material, una textura o un pequeño objeto que tenga significado para quien habita el espacio. Incluso la luz modifica nuestra percepción del color durante el día.

Diseñar con intención no significa prohibir.

Significa decidir.

Quizá una habitación no necesita cuatro paredes rojas para incorporar un color que resulta importante para quien la ocupa. Tal vez basta una pieza, un textil, un objeto o un detalle capaz de generar esa conexión sin alterar aquello que necesitamos conseguir en el espacio.

Eso es lo que me interesa del diseño: encontrar el punto donde el conocimiento técnico y la experiencia individual pueden conversar.

Porque tampoco se trata de ignorar lo que sabemos sobre percepción, comportamiento o respuesta sensorial para justificar cualquier decisión personal. La información importa. La evidencia importa. La experiencia profesional importa. Pero la persona también.

Por eso cada vez me cuesta más comenzar un proyecto preguntando qué estilo quiere el cliente.

Prefiero preguntar cómo vive.

Qué hace cuando llega a casa.

Dónde deja las llaves.

Dónde trabaja.

Qué espacio evita.

Dónde se reúne con su familia.

Qué necesita cuando está cansado.

Qué cosas conserva aunque aparentemente ya no combinen con nada.

Qué quiere sentir cuando abre la puerta.

Las respuestas empiezan a construir el proyecto mucho antes de elegir un color.

Y quizá esa sea una de las diferencias entre decorar un espacio y diseñarlo con intención. Decorar puede transformar su apariencia. Diseñar estratégicamente intenta comprender qué necesitamos que ese espacio haga por nosotros.

Después vendrán los colores.

Las texturas.

La iluminación.

Los sonidos.

Los aromas.

Los recorridos.

Las proporciones.

Los objetos.

Todos son herramientas. Ninguno debería convertirse por sí solo en la respuesta.

Porque no existe el color perfecto, el material perfecto ni la distribución perfecta fuera de contexto. Existen decisiones más o menos adecuadas para una persona, una actividad, un momento y una intención determinada.

Por eso, antes de preguntarme de qué color debería ser un espacio, prefiero hacer una pregunta mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil:

¿Para qué queremos que ese espacio exista?

Cuando encontramos esa respuesta, elegir el color deja de ser el principio del diseño.

Se convierte en lo que siempre debió ser: una herramienta para construir la experiencia que queremos vivir.

Sensorial
Brenda MP Torres

Texto protegido ©

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