Ya me cansé de ayudar
Ya me cansé de ayudar.
Qué fuerte se siente escribirlo.
Casi como si hubiera confesado algo de lo que debería avergonzarme. Porque crecimos escuchando que ayudar es bueno, que hay que estar para la familia, apoyar a quien queremos, compartir lo que tenemos y tender la mano cuando alguien lo necesita. Y estoy de acuerdo. Me parece una de las cosas más humanas que podemos hacer.
El problema es que nadie nos explicó muy bien hasta dónde.
Porque una cosa es ayudar y otra muy distinta partirte la madre intentando sostener a todo el mundo.
Y creo que durante mucho tiempo confundimos ambas.
Nos enseñaron a dar dinero aunque nos hiciera falta. A resolver problemas que no provocamos. A prestar tiempo que tampoco nos sobraba. A reorganizar nuestra vida para facilitar la de alguien más. A sentir culpa cuando podíamos hacer algo y decidíamos no hacerlo.
Como si tener la posibilidad de ayudar automáticamente nos diera la obligación de hacerlo.
No sé si quiero conservar esa herencia.
Sobre todo cuando ayudar comienza a costarme la cabeza, la tranquilidad, el trabajo, el descanso o la salud.
También hay algo de lo que hablamos poco: el cansancio que produce dar recursos que parecen no tener ningún valor para quien los recibe.
Y no hablo únicamente de escuchar un gracias.
A veces te agradecen. A veces incluso te dicen que no era necesario. Pero después ves desperdiciado aquello que te costó muchísimo conseguir y algo dentro de ti se rompe.
Porque detrás de ese dinero hubo horas de trabajo. Detrás de ese favor hubo tiempo. Detrás de esa llamada hubo atención. Detrás de resolver aquel problema hubo energía que salió de algún lado.
Nada de eso apareció por generación espontánea.
Salió de tu vida.
Quizá por eso el verdadero agradecimiento no siempre está en las palabras. También está en lo que hacemos con aquello que alguien puso en nuestras manos.
Si alguien comparte conmigo algo que le costó diez horas de trabajo, no solamente me está dando dinero. Me está entregando diez horas de su vida. Si alguien utiliza una tarde para resolver un problema mío, esa tarde tampoco regresará.
Cuando lo pienso así, ayudar adquiere otro peso.
Pero también recibir.
Porque tal vez parte del problema no está únicamente en quienes reciben sin dimensionar el costo de lo recibido. También está en quienes hemos aprendido a dar sin preguntar, sin medir y sin poner límites.
Y ahí la pregunta comienza a incomodarme todavía más.
¿De verdad nadie valora lo que hago o yo tampoco he aprendido a valorar mis propios recursos?
Porque si digo que sí cuando estoy agotada, si presto cuando no puedo, si resuelvo aquello que alguien más podría resolver, si abandono mis pendientes para atender constantemente los de otros y después termino enojada porque nadie reconoció mi sacrificio, quizá también tengo algo que revisar.
Tal vez ayudar no debería necesitar sacrificio para demostrar amor.
Tal vez también tenemos que aprender a recibir sin culpa, a decir que no sin sentirnos malas personas y, cuando sea necesario, mandar un poco a la chingada esa obligación heredada de estar disponibles para todos.
No porque hayamos dejado de querer.
Porque también existimos nosotros.
Y nuestros recursos son finitos.
El dinero se termina. La energía se termina. La paciencia se termina. El cuerpo se cansa. El tiempo pasa.
Y la vida también se acaba.
Por eso creo que todos tenemos derecho a detenernos alguna vez y preguntarnos qué estamos haciendo con aquello que tenemos.
¿Estoy ayudando porque quiero o porque siento que debo hacerlo?
¿Todavía disfruto dar o ya comienzo a resentirlo?
¿La persona que recibe está utilizando lo que le doy para avanzar o mi ayuda se convirtió en la manera más cómoda de evitar que lo haga?
¿Estoy compartiendo mis recursos o estoy financiando, resolviendo y sosteniendo una vida que no me corresponde?
Y quizá la pregunta más difícil:
¿cuánto de mí estoy perdiendo mientras intento que a los demás no les falte nada?
No tengo una respuesta universal.
Hay momentos en los que ayudar vale absolutamente el esfuerzo. Hay personas por las que volvería a hacerlo una y otra vez. Hay circunstancias en las que compartir lo que tenemos es exactamente lo que hace posible atravesar la vida.
Pero también creo que ayudar debería poder revisarse.
No todo compromiso merece conservarse únicamente porque alguna vez lo asumimos. No toda costumbre familiar merece heredarse. No toda persona que necesita algo tiene automáticamente derecho a nuestros recursos.
Y decirlo no nos convierte en egoístas.
Tal vez simplemente significa que finalmente entendimos cuánto cuestan.
Porque nuestros recursos no son únicamente dinero.
Son tiempo.
Son energía.
Son oportunidades.
Son salud.
Y, sobre todo, son vida.
Así que sí.
A veces me canso de ayudar.
Y quizá en lugar de sentir culpa por decirlo debería detenerme a escuchar qué intenta decirme ese cansancio.
Tal vez no me está pidiendo que deje de querer a los demás.
Tal vez me está recordando que yo también soy una de las personas a las que tengo la responsabilidad de cuidar.
Brenda MP Torres
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