La vida también vale todo el riesgo
Durante mucho tiempo creí que vivir tranquila consistía en tener el control. Anticiparme a los problemas, organizar cada detalle, prever escenarios y estar preparada para cualquier cosa. Pensaba que esa era la mejor forma de protegerme. Si nada me sorprendía, entonces nada podría desestabilizarme.
Con los años descubrí que ese intento permanente por controlar la vida también tiene un precio.
Agota.
Porque vivir siempre preparado implica vivir siempre alerta.
Y llega un momento en el que uno deja de disfrutar las experiencias por estar demasiado ocupado intentando administrarlas.
Hace poco entendí algo que nunca había querido aceptar: no siempre necesito tener todas las respuestas antes de empezar a vivir.
No porque ahora crea que improvisar sea la solución para todo, sino porque comprendí que la incertidumbre no siempre es una amenaza. A veces también es el lugar donde aparecen las mejores sorpresas.
Bajar la guardia siempre me ha dado miedo.
Confiar también.
Confiar en las personas, en quienes me quieren, en que alguien más pueda sostener una parte del camino sin que eso signifique perder mi independencia. Durante muchos años confundí pedir ayuda con depender, y depender con renunciar a mi libertad.
Hoy ya no estoy tan segura de que fueran lo mismo.
Quizá la verdadera libertad también consiste en aceptar que no tenemos que resolver absolutamente todo solos.
Que existen personas capaces de acompañarnos sin intentar dirigir nuestra vida.
Que la compañía, cuando nace del cariño y no de la obligación, también puede convertirse en un lugar seguro.
No existen garantías.
No hay ninguna promesa de que bajar la guardia vaya a terminar bien. Como tampoco existe una promesa de que controlar cada detalle vaya a evitar el dolor.
La vida nunca ha funcionado así.
Pero si ambas opciones implican riesgo, quizá valga la pena elegir aquella que también deja espacio para la sorpresa, para el descanso y para la posibilidad de disfrutar.
Hace mucho tiempo dejé de confiar en muchas cosas.
Tal vez ahora estoy aprendiendo a confiar otra vez.
No en que todo saldrá bien.
Sino en que, pase lo que pase, ya no necesito enfrentar la vida completamente sola.
Y esa diferencia cambia mucho más de lo que imaginaba.
Porque la vida, igual que las personas que deciden caminar a nuestro lado, nunca ofrece garantías.
Solo ofrece posibilidades.
Y, de vez en cuando, descubrir que todavía somos capaces de confiar...
también vale todo el riesgo.
Brenda MP Torres
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