Los puertos a lo largo de nuestras vidas

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Los puertos a lo largo de nuestras vidas

Después de estar enojada, peleada e indignada con la vida, después de querer mandar a todos a la chingada y convencerme de que podía —y quizá debía— resolverlo todo sola, descubrí algo que había olvidado: qué delicia encontrar un puerto.

Qué privilegio tener personas donde uno puede descansar cuando la tormenta de la vida nos sacude con tanta fuerza que ya no tenemos energía para seguir navegando, pero tampoco queremos hundirnos. Porque hay momentos así, momentos en los que no necesitamos que alguien arregle nuestra vida ni que nos diga hacia dónde ir. A veces solamente necesitamos un lugar seguro donde detenernos un rato, y resulta que algunas personas son exactamente eso.

Puertos.

Personas que nos reciben sin exigir que lleguemos enteros, que no necesitan que tengamos buena cara, una conversación interesante o respuestas para explicar qué chingados estamos haciendo con nuestra vida. Personas frente a las que podemos llegar cansados, confundidos, enojados o simplemente sin ganas de nada y que, en lugar de apresurarnos para que volvamos a estar bien, nos hacen espacio.

Durante mucho tiempo pensé que poder sola era una especie de virtud. Hay algo satisfactorio en saber que puedes resolver, levantarte, trabajar, cuidar de los tuyos y hacerte responsable de tu propia vida. El problema es que, sin darme cuenta, llevé esa idea demasiado lejos y terminé confundiendo autonomía con no necesitar a nadie.

Incluso alguna vez, desde el enojo, pensé que tenía que encontrar razones para continuar que fueran solamente mías. No por mis hijos, no por mis padres, no por mi familia, no por nadie más. Solo por mí. Porque si no podía hacerlo únicamente por mí, ¿qué sentido tenía?

Pero el enojo también nubla la vista.

Ahora entiendo que las personas que me aman no están aquí para sustituir mis objetivos ni mis razones para vivir. Tampoco tienen la responsabilidad de sacarme adelante. Están para acompañarme mientras vuelvo a encontrar mis propias razones, y eso es completamente diferente.

Quizá por eso me gusta tanto pensar en ellas como puertos. Un puerto no decide hacia dónde navegará el barco, no toma el timón, no elige el siguiente destino y tampoco puede prometer que no habrá otra tormenta. Su función es otra: permite detenerse, reparar lo que se rompió, recuperar fuerzas, abastecerse y mirar nuevamente el horizonte antes de decidir cuándo continuar.

Llegar a puerto no significa abandonar el viaje.

Y creo que esa fue una de las cosas que más trabajo me costó entender.

Nos han hablado muchísimo de independencia, fortaleza y capacidad para resolver. Nos sentimos orgullosos cuando podemos decir que no necesitamos nada de nadie, como si necesitar eventualmente de otros disminuyera nuestra capacidad. Pero nadie puede con todo siempre. Ni siquiera deberíamos aspirar a eso. Ser capaces de sostener nuestra vida no significa que tengamos que atravesarla completamente solos.

Hay red de apoyo, hay alianzas, familia, amigos, tribu, amor y hogar. Hay personas que aparecen justo cuando el mar se puso cabrón y nos recuerdan que podemos detenernos un rato sin renunciar a seguir navegando.

Y eso no es poca cosa.

Porque también he entendido que ser puerto para alguien requiere mucho. Escuchar requiere tiempo. Acompañar requiere paciencia. Hacer espacio para el dolor, el enojo, el miedo o la incertidumbre de otra persona exige una generosidad que muchas veces damos por sentada. A veces creemos que ayudar significa resolver y quizá algunas de las ayudas más importantes que recibimos en la vida provienen precisamente de quienes no intentaron hacerlo.

Solo estuvieron.

Nos dejaron descansar.

Nos escucharon contar la misma historia más de una vez, nos ofrecieron otra perspectiva cuando la nuestra estaba completamente nublada, nos hicieron reír cuando parecía imposible, nos dieron un espacio donde no teníamos que fingir que todo estaba bien y, sobre todo, confiaron en que eventualmente volveríamos a tomar nuestro propio timón.

Eso también es amor.

Tal vez por eso hoy me parece tan importante reconocer a esas personas. No solamente agradecerles con un “gracias”, sino comprender el tamaño de lo que hicieron. Porque cuando estamos atravesando la tormenta podemos estar tan concentrados en sobrevivir que ni siquiera alcanzamos a mirar el puerto que nos está sosteniendo.

Y no todos los puertos tienen que durar para siempre. Algunos nos acompañan durante toda la vida y otros aparecen solamente en determinados tramos. Hay personas que estuvieron justo cuando tenían que estar y después nuestros caminos cambiaron. Eso no vuelve menos valioso lo que fueron. Un puerto no fracasa porque algún día el barco vuelva a zarpar.

Nosotros también podemos haber sido puerto para alguien sin saberlo. Tal vez una conversación, una casa abierta, una comida compartida, una llamada contestada a deshoras o simplemente nuestra presencia fue el lugar donde alguien pudo descansar antes de continuar. Me gusta pensar que la vida también funciona así: a veces necesitamos puerto y otras veces tenemos la posibilidad de convertirnos en uno.

Y después están los faros.

Porque he entendido que puerto y faro no son lo mismo.

Hay personas a las que todavía podemos llegar, abrazar, llamar, sentarnos junto a ellas y descansar. Esos son nuestros puertos. Pero también existen personas que ya no podemos tocar y que, aun así, siguen formando parte de nuestra navegación. No pueden recibirnos de la misma manera, no pueden sentarse a nuestro lado ni responder una llamada, pero dejaron suficiente luz como para seguir ayudándonos a encontrar el camino cuando todo alrededor se vuelve oscuro.

Quizá por eso necesitamos ambos.

Puertos donde descansar y faros para no perdernos.

Después de haber estado tan enojada con la vida, encuentro una especie de reconciliación en reconocer esto. No porque las tormentas hayan dejado de existir ni porque ahora crea que todo ocurre por alguna razón. Hay cosas que siguen doliendo, cosas que sigo sin entender y mares que hubiera preferido no navegar jamás. Pero en medio de todo eso también existe algo profundamente hermoso: no he navegado sola.

Y eso cambia muchas cosas.

Hoy ya no necesito demostrar que puedo con todo. Sé que puedo con muchísimo, pero también sé que hay momentos en los que dejarme acompañar es una forma de seguir adelante. Que descansar en alguien no significa entregarle mi vida. Que aceptar ayuda no implica renunciar a mi autonomía. Que permitir que alguien me cobije mientras recupero fuerzas tampoco significa que esa persona tenga que cargar conmigo.

Mi viaje sigue siendo mío.

Mi barco también.

Yo decidiré hacia dónde navegar cuando vuelva a estar lista.

Pero qué fortuna saber que existen lugares donde puedo detenerme mientras tanto.

Las personas puerto son, sin duda, una de las cosas más valiosas que podemos encontrar a lo largo de la vida. Por eso hoy, en lugar de dar por hecho que están ahí, quiero reconocerlas. A las que me han recibido, a las que me han escuchado, a las que me han ayudado a mirar desde otro lugar y a las que simplemente se quedaron cerca mientras yo decidía cómo continuar.

Gracias a mis puertos.

Y gracias también a mis faros.

Ojalá nunca olvide reconocer a los primeros mientras todavía pueda abrazarlos y seguir mirando la luz de los segundos cuando vuelva a necesitar encontrar el camino.

Y ojalá la vida sea generosa con ellos también, y su viaje esté rodeado de puertos tan cálidos como los que, para mi fortuna, han aparecido en el mío.

Brenda MP Torres
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