Nadie nos enseñó a mirar

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Nadie nos enseñó a mirar

Pasamos buena parte de la vida aprendiendo a leer, escribir, sumar, memorizar fechas, resolver problemas y cumplir horarios. Nos enseñaron historia, geografía, ciencias y muchas otras cosas que sin duda eran importantes. Pero hace poco me di cuenta de que hubo algo que casi nadie nos enseñó.

Nadie nos enseñó a mirar.

Y no me refiero únicamente a ver un edificio bonito o un paisaje espectacular. Hablo de detenernos lo suficiente para preguntarnos por qué ese lugar existe, qué historia guarda o qué hace que millones de personas viajen desde el otro lado del mundo para conocer algo que nosotros damos por sentado.

Hace unos días descubrí un dato que me sorprendió. México cuenta con 36 sitios inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, lo que lo convierte en el país con más reconocimientos de América Latina y uno de los primeros del mundo. Sin embargo, la mayoría de nosotros podría nombrar apenas unos cuantos.

Pero lo que más me sorprendió no fue el número.

Fue darme cuenta de que muchos de esos lugares han estado frente a nosotros toda la vida.

Quienes vivimos en la Ciudad de México caminamos por un Centro Histórico que concentra miles de inmuebles con valor histórico y una de las mayores concentraciones de patrimonio arquitectónico del continente. Pasamos frente a iglesias, antiguos conventos, palacios, plazas y edificios que llevan siglos contando la historia del país mientras nosotros seguimos caminando con la vista puesta en el teléfono.

Y el patrimonio no termina ahí.

Durante mucho tiempo pensé que patrimonio significaba únicamente edificios antiguos o zonas arqueológicas. Después entendí que también existen patrimonios que se escuchan, que se bailan y que se comen. El mariachi, la cocina tradicional mexicana, la charrería o el bolero forman parte de ese legado cultural que la UNESCO reconoce por el valor que tiene para la identidad de un pueblo.

Hace apenas unas semanas descubrí otra cosa que tampoco sabía.

Puerto Escondido, Oaxaca, es considerado uno de los destinos de surf más importantes del planeta gracias a la famosa ola de Zicatela. Miles de surfistas viajan desde distintos países con el único propósito de enfrentarse a esa playa. Y, sin embargo, muchos mexicanos jamás hemos escuchado hablar de ello.

Entonces me hice una pregunta.

¿Cuántas cosas extraordinarias existen alrededor de nosotros sin que nadie nos las haya contado?

Y la respuesta fue todavía más incómoda.

Tal vez sí nos las contaron.

Solo que nunca aprendimos a mirar con curiosidad.

Porque la curiosidad cambia por completo la manera de vivir una ciudad. Ya no caminas únicamente para llegar al trabajo. Caminas preguntándote quién construyó ese edificio, por qué esa calle lleva ese nombre, desde cuándo existe ese mercado o qué historia guarda la plaza donde hoy pasan cientos de personas sin detenerse.

La curiosidad convierte una rutina en un descubrimiento.

Y eso no requiere comprar un boleto de avión.

Requiere levantar la vista.

Creo que durante mucho tiempo buscamos lo extraordinario muy lejos de casa. Soñamos con recorrer museos en Europa, caminar por calles históricas en Asia o fotografiar monumentos en otras ciudades, mientras ignoramos la enorme riqueza que existe a unos cuantos kilómetros de donde vivimos.

No digo que dejemos de viajar.

Viajar seguirá siendo una de las mejores formas de entender el mundo.

Solo creo que también vale la pena aprender a conocer el lugar que ya habitamos.

Porque es difícil cuidar aquello que no conocemos.

Y es imposible valorar aquello que nunca aprendimos a mirar.

Quizá el problema nunca fue la falta de patrimonio.

Ni la falta de historia.

Ni la falta de cultura.

Quizá el verdadero problema es que crecimos creyendo que lo extraordinario siempre estaba en otro lugar.

Cuando, muchas veces, llevaba años esperándonos a la vuelta de la esquina.

Brenda MP Torres
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