Moriré con una sonrisa...
Hace tiempo encontré esta frase entre los diseños de Mvldito.ink, la expresión artística de mi hijo, Diego Fernando Ponce Torres.
La vi y lloré.
No porque hablara de muerte, sino porque no la entendía.
No entendía cómo alguien podía imaginar su final sonriendo, cómo podía mirar la muerte sin terror, casi en paz, como si hubiera entendido algo de la vida que a muchos todavía nos cuesta aceptar.
“Gonna die with a smile.”
“Moriré con una sonrisa.”
Durante mucho tiempo pensé que sonreír significaba estar bien. Que una sonrisa era alegría visible, ligereza inmediata o ausencia de dolor. Y quizá por eso, al principio, esa frase me dolió tanto.
Con el tiempo entendí otra cosa.
La sonrisa no es un gesto en la cara.
Es una forma de habitar la vida.
No hablo de fingir felicidad.
Ni de convertirte en un personaje optimista incapaz de enojarse, frustrarse o romperse.
Hablo de algo mucho más profundo.
De un alma ligera.
De esas personas que, aun cuando la vida pesa, logran conservar algo cálido dentro de sí. Personas que disfrutan lo simple, que ríen fuerte, que aman con presencia y que incluso cuando mientan madres lo hacen con honestidad, con pasión y sin amargarse el alma por completo.
Porque sonreír no debería ser sinónimo de estar bien.
Debería ser una postura frente a la vida.
Una elección consciente de mirar las cosas desde el lugar donde destruyan menos. No anulando el dolor, no negando el enojo o la tristeza… sino dejando de alimentar el nivel de devastación que permitimos dentro de nosotros.
Creo que eso era lo que mi hijo entendía mejor que muchos de nosotros: que la vida pesa menos cuando dejas de pelearte con ella.
La vida no es algo que vinimos a soportar eternamente.
Vinimos a vivirla.
Para disfrutarla tanto como sea posible.
Para sentir sin endurecerse.
Para no tomarse todo tan personal.
Para existir con intensidad, pero sin dejar que el sufrimiento se vuelva identidad.
Hoy puedo decir algo que quizá nunca dije lo suficiente:
mi hijo es mi filósofo favorito,
mi maestro de vida
y mi guía constante.
Es mucho más que luz o energía. Es —y siempre será— un ser profundamente maravilloso que vino a enseñarme otra manera de mirar el mundo. Una forma menos rígida, menos frustrada y menos pesada de existir.
Y quizá por eso hoy entiendo finalmente su diseño.
“Moriré con una sonrisa” nunca habló de felicidad permanente.
Habló de vivir con el alma lo suficientemente libre como para que incluso el final no te encuentre peleado con la vida.
Brenda MP Torres
Texto protegido ©