Cambiar de ventana
¿Qué ves en esta imagen?
La mayoría de las personas responderá que ve un 6 o un 9. Habrá quienes defiendan una postura con absoluta convicción y quienes intenten demostrar que la otra persona está equivocada. Sin embargo, estoy segura de que alguien verá otra cosa. Tal vez un caracol. Tal vez un dibujo incompleto. Tal vez una simple figura sin importancia. Y eso es precisamente lo que me interesa.
No la imagen.
La forma en que la observamos.
Porque solemos creer que la perspectiva es un asunto menor, una especie de ejercicio intelectual o emocional para sentirnos mejor con lo que nos ocurre. Como si cambiar de perspectiva fuera simplemente una manera elegante de pensar positivo. Pero no lo veo así. Creo que la perspectiva es una de las fuerzas más poderosas que existen, porque de ella nacen nuestras decisiones, y de nuestras decisiones terminan naciendo nuestras acciones.
La historia de la humanidad está llena de ejemplos. Personas convencidas de que poseían la verdad absoluta. Personas incapaces de moverse un solo paso de la ventana desde la que observaban el mundo. Personas tan seguras de su interpretación de la realidad que estuvieron dispuestas a destruir a otras para imponerla. Guerras, persecuciones, fanatismos, discriminación, violencia y abusos han nacido muchas veces de una incapacidad sencilla pero devastadora: la de mirar desde otro lugar.
Por eso me resulta tan extraño que siendo la especie más racional del planeta tengamos tanta dificultad para cuestionar nuestras propias conclusiones. Pareciera que preferimos tener razón antes que comprender. Preferimos defender nuestra historia antes que revisarla. Preferimos aferrarnos a una explicación conocida, aunque nos haga daño, antes que aventurarnos a descubrir si existe otra forma de entender lo que estamos viviendo.
Y eso no ocurre solo a nivel social. También ocurre dentro de nosotros.
Hay personas que pasan años mirando la vida desde la misma herida. Todo lo interpretan desde ahí. Cada decepción confirma su teoría. Cada fracaso fortalece su narrativa. Cada pérdida se convierte en una prueba más de que el mundo es injusto, de que la vida es cruel o de que están condenadas a sufrir. Y quizá parte de eso sea cierto. La vida puede ser injusta. Puede ser cruel. Puede rompernos de maneras que jamás imaginamos. Pero una cosa es reconocer el dolor y otra muy distinta convertirlo en el único lugar desde el cual observamos la existencia.
Porque el libre albedrío no sirve para elegir todo lo que nos sucede. Eso sería una fantasía. Sirve para elegir qué hacemos con lo que nos sucede.
No puedo detener una guerra. No puedo resolver la crisis de desaparecidos en México. No puedo acabar con la pobreza, con la corrupción o con la violencia que atraviesa a tantas comunidades. Sería arrogante creer que yo sola puedo cambiar problemas tan complejos. Pero sí puedo decidir cómo participo en el mundo que habito. Sí puedo elegir cómo trato a las personas que me rodean. Sí puedo decidir si alimento el resentimiento o la conciencia, si contribuyo al ruido o a la claridad, si sumo un poco más de desesperanza o un poco más de humanidad.
Y aunque parezca poco, creo que ahí empieza todo.
Porque ninguna transformación colectiva ocurre sin transformaciones individuales. Ninguna cultura cambia si las personas que la conforman siguen observando desde la misma ventana. Ninguna sociedad mejora cuando cada uno espera que el otro haga el trabajo que le corresponde.
Quizá por eso me preocupa tanto la perspectiva. Porque no es un juego mental. No es una frase motivacional. Es una responsabilidad. La forma en que interpretamos la realidad termina influyendo en la forma en que vivimos, amamos, educamos, votamos, consumimos, construimos ciudades, tratamos a nuestros hijos y convivimos con quienes piensan diferente.
Por eso, si la ventana desde la que observas la vida ya no te ayuda a vivir, muévete.
No para negar la realidad.
No para fingir que todo está bien.
No para sonreír cuando quieres llorar.
Muévete porque permanecer inmóvil tampoco cambia nada.
Jaime Sabines escribió una frase que siempre me ha acompañado: "Los árboles esperan. Tú no esperes."
Y quizá de eso se trata.
De no quedarnos atrapados en una sola versión de la historia. De no convertir nuestras heridas en una casa permanente. De no pasar la vida defendiendo una perspectiva que hace años dejó de servirnos.
Porque al final, el 6 seguirá siendo un 6 para quien está de un lado. El 9 seguirá siendo un 9 para quien está del otro. Y seguramente alguien seguirá viendo algo más.
Lo verdaderamente importante es recordar que siempre existe la posibilidad de caminar unos pasos y mirar otra vez.
Brenda MP Torres
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