El planeta seguirá girando

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El planeta seguirá girando

Hace poco me di cuenta de algo tan evidente que resulta incómodo admitirlo: la vida no está pensada para complacernos.

El planeta sigue girando sin preguntarse si estamos listos para lo que viene. No se detiene cuando estamos cansados, cuando atravesamos una pérdida o cuando sentimos que ya no podemos más. Tampoco acelera cuando tenemos prisa ni modifica la duración de los días porque 24 horas no nos alcancen para resolver todo lo que nos preocupa y ocupa.

Simplemente gira.

Y seguirá girando mucho después de que nosotros ya no estemos aquí.

Durante mucho tiempo pensé que la madurez consistía en encontrar respuestas. Entender por qué pasan las cosas. Descubrir qué lección escondía cada golpe, cada pérdida o cada decepción. Pero con los años he empezado a sospechar que muchas veces la vida no está intentando enseñarnos nada. Muchas veces las cosas simplemente suceden.

Las personas enferman.

Los cuerpos envejecen.

Los vínculos cambian.

Los proyectos fracasan.

Los sueños se transforman.

La muerte llega.

Y nada de eso ocurre porque el universo tenga algo personal contra nosotros.

Ojalá fuera tan sencillo.

La realidad es mucho más indiferente que eso.

La existencia no gira alrededor de nuestras expectativas. Somos nosotros quienes debemos aprender a movernos dentro de ella.

Y quizá ahí aparece una de las capacidades más extraordinarias del ser humano: la adaptación.

No somos la especie más fuerte ni la más rápida. Sobrevivimos porque aprendimos a ajustarnos cuando las condiciones cambiaban. Porque entendimos que pelear eternamente contra la realidad consume más energía que aprender a convivir con ella.

Sin embargo, hacemos exactamente lo contrario.

Queremos controlar lo incontrolable.

Queremos que las personas actúen como creemos que deberían actuar.

Queremos que el pasado sea diferente.

Queremos que la vida responda a nuestros planes.

Y cuando no lo hace, nos enfadamos con la vida, con Dios, con el universo o con nosotros mismos.

Como si el enojo pudiera modificar los hechos.

Como si la frustración pudiera detener el tiempo.

Como si la tristeza pudiera convencer al planeta de dejar de girar.

Pero no puede.

Y eso no significa que no duela.

La vida duele.

A veces muchísimo.

Hay pérdidas que nos parten en dos. Hay noticias que nos dejan sin aire. Hay momentos donde lo único que queremos es detenernos y preguntarle a la existencia por qué demonios tuvo que ser así.

Y creo que tenemos derecho a hacerlo.

Tenemos derecho a llorar.

A enojarnos.

A cansarnos.

A hacer pausas.

A no entender nada durante un tiempo.

Lo que no sé si nos ayuda es quedarnos a vivir ahí.

Porque una pausa puede ser necesaria.

Un refugio temporal puede ser necesario.

Incluso el silencio puede ser necesario.

Pero convertir el sufrimiento en nuestro domicilio permanente rara vez nos devuelve algo de lo que perdimos.

Y quizá ahí está la diferencia entre resignarse y adaptarse.

Resignarse es rendirse.

Adaptarse es reconocer la realidad sin dejar de moverse.

Es aceptar que no podemos controlar la lluvia y aun así salir de casa.

Es reconocer que el viento existe y aprender a ajustar las velas.

Es entender que el planeta seguirá girando, con o sin nuestra aprobación, y decidir qué vamos a hacer mientras estamos aquí.

Porque la vida nunca será completamente buena.

Tampoco completamente mala.

Siempre faltará algo.

Siempre sobrará algo.

Siempre habrá motivos para agradecer y motivos para reclamar.

La pregunta es ¿cuánto espacio le damos a cada uno?.

Hace tiempo entendí que no necesito que la vida juegue de mi lado para seguir caminando.

Necesito aprender a jugar con las cartas que tengo.

No desde el optimismo ingenuo.

No desde la negación del dolor.

Sino desde la conciencia de que mi energía es demasiado valiosa para gastarla peleando contra aquello que no puedo cambiar.

El planeta seguirá girando.

La lluvia seguirá cayendo.

La vida seguirá siendo vida.

Y yo, mientras pueda, seguiré intentando hacer algo con el tiempo que me toca.

Porque quizá la libertad nunca estuvo en controlar la existencia.

Quizá siempre estuvo en decidir cómo habitarla.

Brenda MP Torres
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