La fe

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La fe

Suelo cuestionarlo todo. A estas alturas creo que eso ya quedó bastante claro. Cuestiono las ideas, las tradiciones, las normas, las instituciones y, muchas veces, también mis propias certezas. Durante años pensé que hacer preguntas me acercaría a las respuestas y, en algunos casos, sucede. La ciencia responde algunas. La filosofía responde otras. La experiencia responde unas cuantas más. Pero con el tiempo descubrí algo que me resultó incómodo aceptar: no todas las preguntas tienen respuesta y algunas de las que sí la tienen tampoco resuelven gran cosa.

Vivimos con la idea de que entender nos dará paz. Como si la explicación correcta fuera una llave capaz de abrir todas las puertas del sufrimiento. Como si descubrir la causa de algo automáticamente hiciera más ligero cargar con ello. Sin embargo, la vida rara vez funciona así. Hay situaciones en las que podemos conocer perfectamente lo ocurrido y aun así seguir sintiendo dolor. Podemos entender por qué terminó una relación y seguir extrañando. Podemos comprender por qué un proyecto fracasó y seguir sintiendo frustración. Podemos conocer cada detalle de una tragedia y aun así seguir deseando que nunca hubiera ocurrido.

Porque hay dolores que no nacen de la falta de información. Nacen de la experiencia misma.

Hace poco alguien a quien aprecio me dijo una frase que he escuchado muchas veces: “todo en esta vida se paga”. Entendí la intención. Entendí que para muchas personas esa idea ayuda a darle orden al mundo y a creer que existe una especie de equilibrio moral detrás de todo lo que ocurre. Pero a mí me produjo más preguntas que respuestas. Si todo se paga, entonces ¿qué fue exactamente lo que hice para despedirme de mi hijo a los veinte años? ¿Qué deuda estaba saldando él? ¿Qué castigo merecía una familia? Son preguntas que me resultan imposibles de ignorar. No porque esté peleada con la religión, sino porque algunas explicaciones terminan siendo más crueles que el propio dolor que intentan explicar.

Y aquí necesito hacer una distinción importante. Cuando hablo de fe no estoy hablando necesariamente de religión. Tampoco de templos, dogmas, diezmos, rezos interminables o sistemas de premios y castigos. Respeto profundamente la religión y entiendo el consuelo que ofrece a millones de personas. Lo que me cuesta trabajo son los fanatismos, las verdades absolutas y las respuestas que se presentan como definitivas para preguntas que quizá nunca podremos resolver por completo.

Porque la verdad es que hay cosas que simplemente no sabemos.

No sabemos qué ocurre después de la muerte. No sabemos por qué algunas personas se van tan pronto. No sabemos si existe algo más allá de esta vida. No sabemos si volveremos a encontrarnos con quienes amamos. Podemos tener teorías, creencias, hipótesis o convicciones profundas, pero la certeza absoluta sigue siendo un territorio bastante escaso para los seres humanos.

Y quizá por eso sigo teniendo fe.

No porque tenga respuestas, sino precisamente porque no las tengo.

La fe, para mí, es la capacidad de convivir con aquello que no puedo comprobar sin que la incertidumbre me destruya. Es permitirme imaginar posibilidades cuando el conocimiento llega a su límite. Es aceptar que tal vez existan cosas que mi razón no alcanza a comprender. Es reconocer que hay preguntas que probablemente me acompañarán toda la vida y aceptar que ninguna respuesta cambiará lo que siento.

Porque incluso si alguien pudiera explicarme con absoluta precisión qué ocurrió el día que murió Diego, seguiría extrañándolo. Incluso si alguien pudiera demostrarme científicamente qué sucede después de la muerte, seguiría deseando escuchar su voz una vez más. Incluso si encontrara respuestas para todas mis preguntas, seguiría existiendo la ausencia.

Cuando un asunto es jodido, es jodido.

No hay teoría suficientemente elegante para convertir una tragedia en algo agradable. No hay explicación capaz de borrar ciertos dolores. No hay respuesta que haga que de pronto uno diga: “ah, ya entendí, entonces no pasa nada”. Hay experiencias que simplemente duelen porque importaban. Porque amábamos. Porque estábamos vivos.

Por eso mi fe no intenta explicar el mundo. Tampoco justificarlo. Mucho menos convencer a nadie. Mi fe es algo mucho más humilde. Es una pequeña posibilidad abierta en medio de la incertidumbre. La posibilidad de que el amor signifique más de lo que entendemos. La posibilidad de que la existencia sea más grande de lo que alcanzamos a ver. La posibilidad de que no todo termine donde creemos que termina.

¿Puedo demostrarlo? No.

¿Tengo pruebas? Tampoco.

Y precisamente por eso se llama fe.

No porque responda todas mis preguntas, sino porque me permite seguir caminando aun cuando sé que algunas nunca tendrán respuesta.

Brenda MP Torres
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