Nada es nuestro
Hay una idea que me acompaña desde hace tiempo y que cada año me parece más evidente: nada es nuestro.
Lo digo y todavía me resulta incómodo.
Porque crecimos rodeados de un lenguaje construido alrededor de la posesión. Hablamos de mi casa, mi pareja, mis hijos, mis padres, mi trabajo, mi cuerpo, mi vida. Repetimos esas palabras tantas veces que terminamos creyendo que realmente somos dueños de algo.
Pero basta detenerse un momento para observar con honestidad y descubrir que no es cierto.
Llegamos a este mundo sin nada. Sin propiedades, sin títulos, sin dinero, sin prestigio y sin ninguna de las cosas que después aprendemos a defender como si fueran extensiones de nosotros mismos. Y cuando llega el final, nos vamos exactamente igual.
Ni siquiera el cuerpo nos acompaña.
Ese cuerpo que alimentamos, cuidamos, enfermamos, ejercitamos, adornamos y habitamos durante décadas también termina regresando a la tierra, a la vida, a Dios o al universo, según las creencias de cada quien.
Todo regresa.
Las personas regresan.
Los objetos regresan.
Los ciclos regresan.
Nosotros también.
Y aun así vivimos aferrados.
Como si la permanencia fuera una promesa.
Como si amar significara poseer.
Como si el tiempo nos hubiera firmado un contrato garantizando que todo aquello que hoy existe seguirá exactamente igual mañana.
Quizá por eso siempre me ha costado trabajo la palabra pérdida.
Porque para perder algo primero tendría que haber sido mío.
Y no estoy segura de que eso sea verdad.
No creo que mis padres sean míos.
No creo que mis hijos sean míos.
No creo que mis amigos sean míos.
No creo que las personas que amo me pertenezcan.
Creo que coincidimos.
Creo que compartimos un tramo del camino.
Creo que nos acompañamos durante el tiempo que la vida nos permite.
Y eso es profundamente distinto.
Porque cuando dejamos de pensar en posesión aparece algo mucho más hermoso: la gratitud.
Ya no se trata de retener.
Se trata de apreciar.
Ya no se trata de garantizar permanencia.
Se trata de valorar la coincidencia.
Tal vez por eso me cuesta tanto entender la obsesión humana por controlar. Queremos controlar a las personas que amamos, controlar el futuro, controlar los resultados, controlar el tiempo y hasta controlar la forma en que otros deberían vivir sus propias vidas. Y mientras más intentamos sujetar aquello que inevitablemente cambiará, más sufrimos cuando finalmente cambia.
Todo cambia.
Las amistades cambian.
Los cuerpos cambian.
Los proyectos cambian.
Las familias cambian.
Nosotros cambiamos.
La vida entera parece construida alrededor del movimiento, y sin embargo actuamos como si nuestra misión fuera detenerlo.
No estoy defendiendo el desapego absoluto. Tampoco creo que la respuesta sea volvernos indiferentes o vivir emocionalmente desconectados para no sufrir. De hecho pienso exactamente lo contrario. Creo que los seres humanos necesitamos vincularnos. Necesitamos amar. Necesitamos pertenecer. Necesitamos construir afectos porque esa es una parte fundamental de nuestra experiencia como especie.
Lo que cuestiono no es el apego.
Lo que cuestiono es la idea de posesión.
Porque son cosas diferentes.
Puedo amar profundamente a alguien sin creer que me pertenece.
Puedo disfrutar una etapa de mi vida sin exigirle que dure para siempre.
Puedo agradecer la presencia de alguien sin asumir que tengo derecho a conservarla eternamente.
Y quizá ahí exista una forma de libertad que pocas veces nos enseñan.
La libertad de disfrutar sin poseer.
La libertad de acompañar sin controlar.
La libertad de amar sin convertir el amor en una forma de propiedad.
Porque al final todos estamos de paso.
Las personas que amamos.
Las personas que extrañamos.
Las personas que aún no conocemos.
Nosotros mismos.
Somos visitantes temporales de una existencia que estaba aquí antes de llegar y que seguirá aquí cuando nos vayamos.
Y lejos de volver la vida más triste, esa idea me parece profundamente liberadora.
Porque si nada es realmente mío, entonces cada encuentro se vuelve un regalo.
Cada conversación importa.
Cada abrazo importa.
Cada risa compartida importa.
No porque vaya a durar para siempre.
Precisamente porque no lo hará.
Tal vez la vida nunca nos pidió aprender a conservar.
Tal vez nos pidió aprender a agradecer.
A agradecer mientras coinciden los caminos.
Mientras existe la presencia.
Mientras todavía podemos mirar a alguien y decirle: qué bueno que compartimos este tramo de la historia.
Porque nada es nuestro.
Y quizá por eso mismo todo tiene tanto valor.
Brenda MP Torres
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